Río Sinuoso
Verdaderamente de la nada se presentó esta oportunidad de ir a Wyoming, y por tres meses hacer “cualquiercosa”. En Mayo pasado recibí por primera vez esta carta solicitando una contribución. Nunca antes había oído de la Misión Indígena de San Esteban, pero me llegó en un momento en que yo estaba preguntándome si iría a una “obra misionera” ese año. Parecía que San Esteban reunía varias cosas buenas: era una misión Jesuita en la gigante Reservación India Río Sinuoso, sirviendo a dos tribus diferentes, la Shoshone y la Arapaho, con tres iglesias. Por lo tanto llamé al número indicado en la carta y les dije que carecía de dinero para donarles pero que sí tenía tiempo. El Padre Ron Seminara, S.J. me invitó a que fuera.
Ya en la misión, visitaba y llevaba comunión a la gente tres veces a la semana y presentaba el programa de educación religiosa de diez minutos “Somos llamados”, en las Misas de las diez de la mañana y cinco de la tarde de todos los Domingos. Ayudé a apalear estiércol y nieve, así como a organizar el programa “Angel” que ofrecía regalos a los niños cuyos padres estaban encarcelados, tomé clases de la lengua Arapaho, frecuenté un grupo de discusión de escrituras religiosas, asistí a ceremonias y a muchos funerales, trabajé con una familia en su educación religiosa (con sus cuatro miembros haciendo la Primera Confesión y Comunión) y se me pidió que planeara y dirigiera un día de reflexión para los empleados de San Esteban.
Fui a la misión pensando que aprendería un poco más acerca de la manera de vivir de los Indios y de la espiritualidad de los nativos, y así fue, pero no había realmente considerado la otra parte de la ecuación—los Pioneros. Una mujer amiga que conocí “perdió” su rancho grande de alguna manera pero aún conserva ovejas, ganado y dos caballos sementales. Ella hace todo el trabajo por sí misma, inclusive el hilado y tejido. Ella espera obtener de nuevo un rancho grande y trabaja por las noches en Wal-Mart para pagar sus facturas de gastos. Me hace preguntarme qué es lo que hago yo con mis 24 horas diarias.
Conocí gente fantástica-Indios y no-nativos. Las personas me acogieron en sus casas y compartieron sus historias conmigo. Aprecié de primera mano los efectos devastadores de la diabetes, y del alcoholismo rampante devorando gentes y actualmente eliminando una generación al quitarle participación en la vida. Los niños de éstos quedan al cuidado de las abuelas y otros familiares. Todos los males sociales de nuestro “estilo de vida moderno” son evidentes en la reservación, pero dada la naturaleza de lo que yo hacía, se enfocaban y capitalizaban, siendo como una agonía que me saltaba a la cara. Me dejó perplejo el racismo y sorprendido el antagonismo entre las tribus.
En otro aspecto mucho más positivo, encontré líderes verdaderamente preocupados y dedicados , que están tratando de mejorar la identidad propia, el respeto personal y la comunicación entre todas las gentes. Están literalmente trabajando día y noche en los campos de la educación y la vida pastoral. Fue un placer compartir tiempo y aprender de ellos y agradecerles el compartir sus familias, comidas, gatos, etcétera conmigo. Los recuerdos y oraciones se hacen una sola cosa en mí. Es tan evidente en la reservación , como lo es en otras situaciones, que son las mujeres de la tribu, el barrio, la iglesia, el hospital—dondequiera que hay verdaderas penurias—las que están llevando el peso de la responsabilidad para evitar lo peor y tratar de mantener la unidad de la comunidad. La reservación tiene muchas “mujeres valientes”.
Disfruté por completo el trabajar con familias, algunas cuyos niños estaban rumbo a su Primera Comunión, otros a su Confirmación. Por principio, ese camino es largo y no está muy bien definido. A través de mis años de asociación con Maryknoll se me ha hecho fácil expresar mi creencia de que no tenemos que “enseñar lo que es Dios...El está ya ahí”. Nuestro trabajo es ayudar a las gentes a encontrar su propia dignidad y a reconocer a Dios dentro de sí. Una noche, hablando acerca del Vía Cruces, salió el tópico de quién era Jesús y cómo lucía. Pensando en la persona histórica de Jesús y dónde vivió, y el hecho de que El y su familia estaban frecuentemente expuestos al sol, cruzando desiertos, cerca del agua, cabalgando en asnos, etcétera, sin haber nunca mención de que padeciera de cataratas, quemaduras de sol de la piel o pecas, se decidió que Jesús y la Sagrada Familia se parecían mucho más a los nativos de aquí que a muchas de las imágenes pintadas y a las que aparecían en los libros. Se parecía más a ellos que a mí. Al final de la noche estábamos terminando nuestros comentarios y hablando de cómo le rezamos a Dios y dónde encontramos a Dios. “Dios vive en mí, y yo soy INDIO” fue una respuesta que recordaré por un muy, muy largo tiempo.
AMEN








